A lo mejor escribir por escribir no es igual al hablar por hablar. Lo más difícil es encontrar las primeras palabras; luego, hay que sacar tema que no aburra a uno mismo. Muchas veces no hay estímulo externo. Vamos, estoy evitando la pregunta que me tortura desde lo menos una semana: ¿Qué (coño) quiero decir? ¿Decir o contar? ¿Contar o relatar? ¿Relatar o diseminar? Si mis conocimientos abordan tantos campos, ¿cómo separarlos?, ¿cómo delimitar el alcance de un texto?
Si es partir de mi experience de la vida, sería un cuento de inspiración, de rebúsquela, de añoranza, de aislamiento. ¿A quién escribo? ¿O es «para quién» la formulación más adecuada? ¿Cuál es mi experiencia del plurilingüismo, por ejemplo? ¿He de hacer algo con mi lista de «partículas gramaticales» intraducibles? Si aceptar que la originalidad no es un criterio relevante para la escritura contemporánea, ¿cómo se escoge entre varios asuntos no-originales cuál de ellos merece tomar forma de un ensayo, o que le llegue la mirada de ojos ajenos y no sólo del escritor? ¿Escribo a una persona que me conoce íntimamente, o a un desconocido para… tomar el control de mi primera impresión?, ¿…o para ofrecer el resumen menos abrumador de mí? Será que mi presunto lector tiene el control sobre mí, aunque sea él anónimo, desconocido, indefinido. ¿Tomo nota de «Niebla» de Unamuno y la incluyo a esta sombra de lector en la obra misma?
Te odio, lector. Te odio porque nunca te podré satisfacer. Hay demasiadas expectativas salvajemente diferentes para mí.
¿Y si acaso soy yo el lector este? Pues me gusto cual escritor y me odio cual lector. Aunque queramos disimular, la mayoría de nosotros somos varios lectores a la vez, pero somos y podemos ser solo un escritor. Los seres humans que llegan a escribir cual dos autores diferentes lo logran por llegar a una bifurcación del yo que implica realmente ser más de uno. Si somos yo el lector, tengo que escribir para mí lo que yo queremos saber de mí.

